23.9.13

Deseos Pasados. Prólogo.

Fort Nelson, Canadá. 

La pequeña casa que poseía la hija más joven de Nicholas Cousteen se encontraba a los suburbios de Fort Nelson, en Canadá. La casa era más bien acogedora, y para Madelaine y su pequeña niña, que era apenas un bebé, alcanzaba y sobraba.
Madelaine estaba sentada en el sillón de su sala de estar, mirando caer los copos de nieve por la ventana y con el árbol de navidad alumbrándole el rostro. Su hija, Julianne, que no tenía más de dos años, estaba sobre su regazo.
La pequeña estaba jugando con una muñeca. Kristen, decía un collar tejido en el cuello de la muñeca.
Madelaine no sabía quién podría ser Kristen. Richard estaba haciendo todo lo que podía por su hija indeseada tanto para él como para Madelaine.
Ella nunca había querido hijos. No sabía lo que hacía cuando quedó embarazada de Julianne. Tenía solo veintidós años.
Cuando le dijeron que estaba esperando a Julianne, Madelaine se asustó. Hasta que dio a luz y vio los grandes ojos azules y una pelusa amarilla en la cabeza de la niña. Era una verdadera ternura. Y sabía que era de ella.
Richard hizo todo lo posible para mantenerlas. Le daba juguetes y dinero a Madelaine. Pero él estaba casado y tenía dos hijos.
Johan  y la otra niña...
Johan era el mayor. Tenía doce años, y la niña tenía diez. Ella era más hermosa que él. Madelaine recordó el pelo anaranjado y los ojos verdes de la niña. Sus ojos eran como los de su padre. Johan tenía pelo rubio ceniza como su madre y ojos avellana propios.
Madelaine salió de sus pensamientos cuando escuchó a alguien llamando a la puerta de entrada energéticamente.
Se levantó despacio y dejó a su hija dentro de la cuna, mientras la pequeña comenzaba a cabecear para rendirse al sueño.
La mujer caminó con paso lento hacia la puerta y acercó su mano al pestillo, vacilante. ¿Quién podría estar tocando la puerta de su casa a aquella hora de la noche y en vísperas de Navidad?
Abrió la puerta, y un policía estaba parado en el umbral de la puerta, con una expresión seria en su rostro, su cuerpo estaba tenso, al igual que su cara.
—¿Madelaine Cousteen?— preguntó el policía. Su voz era grave y estaba cargada de tensión.
—Esa soy yo— respondió ella. ¿Qué hice? Fue lo primero que se le pasó por la cabeza.
—Necesitamos su presencia en la comisaría— informó el policial, tensando todo lo que quedaba de su cuerpo.
—¿Ocurrió algo?— preguntó ella, atónita, mirando hacia la sala dónde estaba su hija, que se había rendido al sueño y yacía abrazada de un perro de peluche.
—Richard Mosley Serviss— llamó el policía, y el rostro de Madelaine se iluminó por un segundo y...—. Fue encontrado agonizando esta mañana en el parque. Hace unas horas pidió su presencia. Ha muerto hace menos de una hora. Su cuerpo se encuentra ya en la morgue.
Madelaine se desplomó al escuchar eso.


 Diez años después. Yorkshire, Inglaterra

Stefanie Royalle estaba sentada en las escalinatas de su mansión en Yorkshire, esperando a que él llegara. Lo había llamado un rato antes, después de haber ido a su casa y no haberlo encontrado.
Mientras veía como Marcus se acercaba a ella, desvió la mirada un segundo. ¿Cómo iba a decirle lo que tenía que decirle? Se amaban, lo iba a entender, ¿Pero si no? Ella no sabía cómo salir adelante sin él a su lado y ayudándola. Pero ella reconocía que tenía una maldita costumbre de pensar las cosas negativas.
Sin embargo, Marcus Night no tenía una vida fácil, al igual que ella.
Stefanie tenía un hermano menor, Stephen, y habían perdido a su madre cuando ella tenía once. Su padre se volvió a casar cuando tenía dieciséis y Stephen se enamoró de Stella, la hija de la pareja de su padre. Eso fue como la perdición de toda la familia, pero Stefanie pudo salvar lo poco que quedaba antes de que algo terminara con ella.
Stefanie conocía a Marcus desde que eran pequeños. Él y su hermana pequeña, Roxanne, habían perdido a su padre cuando eran muy pequeños para recordarlo. La hermana de Marcus murió en un extraño accidente, y, de tristeza, su madre también lo hizo.
Tal vez, la atracción era especial. Tanto Stefanie como Marcus sabían que tenían algo especial, algo que los diferenciaba del resto. Y por eso y otras cosas más, se amaban. Se amaban tanto que no sabían las consecuencias.
—Stephie— susurró Marcus, cuando estaba a un metro de ella. Stefanie levantó la mirada y sentía el picor detrás de sus ojos, cosa que le adelantó un llanto.
No llores. Se dijo a ella misma.
—Marcus— dijo Stefanie, levantándose y limpiando el polvo en sus vaqueros—. Tengo algo que decirte.
—Se supone— dijo él mientras se acercaba más. Le acarició suavemente la mejilla—. Martinique me dijo que habías ido roja y parecía que hubieras llorado.
—Ni que lo digas— susurró ella, bajando la mirada, un poco avergonzada por haber aparecido así como si nada, llorando, en la casa de su pareja.
—Y entonces...— Marcus abrazó a Stefanie, acariciándole el pómulo—. ¿Qué es?
Stefanie tragó duro y lanzó una bocanada de aire. Sintió como se le encogía el estómago y su corazón latía más rápido.
Esto no le hará bien. Pensó. Stephie, no le hará ni bien a ti ni a él.
—Soy yo... Somos nosotros— ella hizo una pausa para respirar hondo. No lo estaba haciendo bien, y si había algo que odiaba mucho, era tartamudear—. ¿Recuerdas lo que hicimos hace un mes, Marcus? Tengo... tengo un retraso. Fui al médico y...
—Estás embarazada.
Ella se tranquilizó. Marcus le había desatado ese nudo en la garganta que no le dejaba decirlo. Aunque, después de todo, aquella noticia se la dio muy directa... o eso le pareció a ella.
—Sí— respondió ella.
Lo que siguió después, Stefanie no sabía que ocurriría. Marcus la abrazó tan fuerte que ella podría haber perdido la respiración, además de que no podía respirar porque él la estaba besando.
—Estás... ¡Estás feliz!— gritó Stefanie, eufórica, cuando Marcus ya la había soltado. Ella saltó y abrazó a Marcus.
—Claro que sí, ¿Por qué no iba a estarlo?— él le frunció el ceño—. Eres mi novia, me hago responsable de esto. Es mi hijo o hija, y lo cuidaremos juntos.
—Gracias— Stefanie comenzó a llorar—. Marcus... tengo miedo.
—Yo también— dijo—. Por eso, ¿Stephie? ¿Quieres ser mi esposa? — le preguntó, sin dudar. Parecía que había planeado eso desde hace días, y lo dijo tan a la directa que dejó a Stefanie en shock.
—Se supone que tendría que ser bajo la luna, alrededor de velas...— ella hizo una pausa larga, pero hablaba en broma—. Sí, quiero.

—Está bien— dijo Marcus, mientras una sonrisa se le dibujaba en el rostro. Bajó sus manos al vientre de su prometida y le dio unas palmadas—. Si es niña, Charlotte. Si es niño, Carl.

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