18.10.14

Mi Cuento de Hadas. Capítulo 6.

Ella y yo nos hicimos muy buenas amigas en los meses antes de las vacaciones de Navidad, pero a pesar de eso, no le conté sobre mi habilidad de hacer que los dibujos cobraran vida. Todavía no confiaba plenamente en ella.
Y dejé de hacerlo completamente un fin de semana antes de las vacaciones.
Una noche, en la que ella vino a dormir a mi casa, conoció a Liam. Digo, ya se conocían de la escuela, pero nunca habían compartido una palabras, más que un simple hola cuando mi hermano me venía a pedir algo en los pasillos. Mi padre volvía temprano esa noche, milagrosamente, así que nunca voy a saber cómo fue que hicieron para liarse en treinta minutos.
Ella volvió a mi habitación con las mejillas sonrosadas, los labios hinchados y los ojos inyectados en sangre, probablemente demostrando la adrenalina y la pasión que había experimentando teniendo un momento privado con mi hermano mayor.
Cuando ella se fue a dormir, cogí mi libreta y escribí líneas sueltas con una mezcla de tristeza, pasión, ira y soledad.
La muchacha, sentada bajo su árbol, comía su manzana y acariciaba a su cachorro cuando una sombra tapó el sol.
Ella levantó la mirada, entornando los ojos y poniendo una mano en su frente para protegerse de los relucientes rayos.
Un joven, no más grande que ella, se levantaba tapándole la luz. Tenía cabello negro, y ojos verdes, con una piel bronceada propia de quienes crecen trabajando en el campo de sus familias. Le estaba sonriendo, también. Su sonrisa era blanca y brillaba casi tanto como los rayos del sol.
No llevaba remera, tampoco, lo que le dijo a ella que realmente trabajaba. Su cuerpo estaba tonificado, y eso debía de provenir de las mañanas y tardes trasladando cosas.
Ella intentó no distraerse con el cuerpo del joven, y le devolvió la sonrisa.
Dejé de escribir ahí, porque sentía las manos duras y acalambradas, además de que el cansancio no ayudaba demasiado. Dejé el lápiz sobre mi almohada y apoyé mi cabeza sobre mi brazo, observando la fotografía de mi madre, conmigo, cuando yo tenía cinco años, un año antes de que ella se fuera.
Desde que tenía seis años y mi padre me dijo que ella se había ido, nos había abandonado, siempre me pregunté por qué lo hizo.
Se me cruzaron por la mente varias teorías a través de los años. De los seis a los diez años, que ella ya no nos quería. De los once a los trece años que nos abandonó para irse con una nueva familia que estaba formando. De los trece años hasta ahora, que estaba gravemente enferma, y tenía algo de sentido. En mis últimos meses, ella había ido a distintos médicos psiquiatras, pero yo en aquel momento no entendía nada. Ni siquiera Liam, que era dos años mayor que yo.
En fin, ella nos abandonó sin siquiera dejar una nota por la razón. Y por eso la odio, y la odiaré hasta el día en que aparezca y me dé una buena explicación por habernos dejado incluso antes de que yo aprendiera a multiplicar.

Así de sencillo.

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