4.1.14

Mi Mundo en Ruinas. Capítulo 1.

—¿Cómo te encuentras?
¿Sinceramente? No muy bien.
—Bien.
Otro suspiro sonó.
—Loreley, ¿Tienes algo que contarme?
Sí.
—No.
Lo próximo que vino de la boca de mi madre fue un largo suspiro. No me importaba que siempre que tuviéramos la “charla”, como la llamaba yo en los últimos tiempos dentro de mi mente, la sacara de sus casillas. En realidad, apenas me importaba tener la “charla” o sacarla de sus casillas. No me importaba para nada.
Te lo explico mejor: era la hija que pasaba desapercibida. La hija mayor totalmente incomprendida y extraña. La que siempre se escapaba y se encerraba en la habitación durante las fiestas o las visitas. La que se comportaba como no debía. Era lo que todos llamarían la oveja negra de la familia, aunque lo mío era algo más extremo que oveja negra. Yo era nada.
—Loreley— mi madre tomó mis manos. Se estaba mostrando cariñosa y eso me asustaba. Ella no era cariñosa conmigo. Nunca. A menos que quisiera algo, obviamente. Mis padres eran como niños conmigo. Se mostraban cariñosos solamente cuando querían algo.
Yo estaba viendo mi regazo, sin encontrar una respuesta a todo lo que me preguntaba la mujer que me dio a luz, pero que simplemente hizo eso.
Era así desde que tenía memoria... bueno, aunque mi memoria comenzó a tener recuerdos desde mis diez años de edad, que fue cuando ocurrió el “accidente”. Ese accidente fue que me caí de un columpio en lo alto. Me caí hacia atrás porque me resbalé, porque estaba lloviendo fuerte. Y, cuando caí, el columpio me dio en la nuca.
Y perdí el sentido. Me desorienté, pero no me desmayé hasta horas más tarde por la pérdida de sangre.
A partir de ahí, mi memoria se reinició. Recordaba mis años en la escuela. Sabía sumar, restar, dividir, multiplicar, leer, y todo lo que una niña de diez años debería saber.
Pero no conocía a nadie.
Ni los nombres ni sus rostros. Era como si, en mis recuerdos, todos ellos hubieran sido borrados. Borrados en la forma más literal. Como si alguien hubiera agarrado una goma de borrar, haya tomado mis memorias, y haya borrado a las personas que se encontraban en mi cabeza.
Desde ese día... bueno, desde tres semanas después de ese día —que fue el tiempo que estuve en coma inducido—, no volví a ser la misma.
No era la misma Loreley Drive que todos conocían. Alegre, extrovertida, simpática, picarona y aguafiestas.
Claro que, lo que ocurrió después del accidente no fue mucho mejor. Presenciar la muerte de tu mascota... escuchar que en siete meses tendrás un hermano... ver como cerraban la casa en la que viviste toda tu vida para ponerla en venta... esas cosas me dejaron con un serio problema, además de que no estaba demasiado cuerda.
Pasaron meses hasta que pude regresar a la escuela. Todos aquellos que en algún momento habían sido mis amigos, ahora me miraban de reojo y susurraban cuando pasaba a metros de ellos por los pasillos de la escuela. La única amiga que tenía tuvo que apartarse de todos, terminando su historia conmigo como su única amiga.
Sin embargo, no es el fin de la historia para mí.
Estrés post-traumático. Terapias. Inyecciones para cuando perdía la cordura. Instituciones para enfermos mentales como yo.
Mi madre, justo en aquel momento, me estaba pidiendo que accediera a ir a una residencia.
¿Cuál fue mi respuesta? Un remoto e indiscutible no, como era de esperarse. Porque, si era algo que no estaba, era completamente loca. Yo no necesitaba ir a una institución mental que me pondría patas arriba lo poco que quedaba de mi mundo.
Mi madre suspiró y soltó mis manos, y dio a conocer su verdadera cara. Ella y mi padre se habían cansado ya de pedirme cosas como esas. Yo trataba de salir adelante como podía con las pastillas que me recetaban los psiquiatras y las millones de terapias.
Sí, ya habían pasado más de siete años de aquel accidente, pero eso no significaba que yo no tuviera problemas después de eso.
Llámalo trauma post-accidente. La cicatriz en mi nuca es una demostración de que el daño que me hice fue real y no una locura de los paramédicos que me atendieron ese día.
Y espera, yo no estaba tan loca como para imaginarme la sangre y el llanto de dolor que salió de mí.
Dos meses después de eso, mi perro fue atropellado mientras los dos jugábamos en la calle. Menudo trauma para una niña que había salido hacía dos semanas de terapia intermedia y que hacía solo tres días había salido del hospital.
Luego, mi madre embarazada. Yo tenía once años, Dios. Estaba bien como hija única, obviamente, y necesitaba que mis padres me acompañaran en esa época de mi vida. Pero no. Mi mundo se derrumbó por tercera vez ese año.
Y se terminó de derrumbar el día que me dijeron que nos íbamos a mudar.
Lloré, pataleé, pero, finalmente, me tuve que ir.
Ese fue mi cuarto peor día en mi vida.
¿Qué tal si le sumamos el hecho de que casi mato a una persona y que casi me suicido de forma repentina hace menos de tres días?
Taylor era mi compañera de terapia... bueno, de la institución a la que voy los días sábados. Era realmente irritante, pero eso se debe más a su síndrome obsesivo compulsivo. Y bueno, mis problemas con el estrés dieron su mejor cara en el momento en que traté de matarla con un cuchillo de adorno que se encontraba una de las paredes de la sala de espera.
Y después de darme cuenta de mi error, subí a la azotea del edificio y traté de suicidarme tirándome por ahí. Tuvieron que venir varias enfermeras a sostenerme. Me inyectaron un somnífero de acción débil, y después de eso me largué a llorar como si fuera una niña de cinco años a la que le habían quitado su paleta.
Debería poner visto bueno. Un semáforo que pase de rojo a verde, sin un intermedio para hacer que me arrepiente de lo que estaba por hacer. Pero siempre hay algo que me lo impide. En ese caso fue el hecho de que no me había despedido de las personas de mi vida que sí valían la pena. Mis padres y mi hermana no estaban entre ellas.
Demonios, a veces la vida puede ser muy insistente. Para mí, la muerte debería serlo un poco más.
Mi madre se levantó del sofá y me dejó sola en la sala, mientras afuera de la casa comenzó a oscurecer. Mi casa era bonita. Era gris por fuera, como era de esperarse en una casa en Las Vegas, y tenía dos pisos normales. Una cocina mediana, una sala donde podía entrar una televisión y un extenso sofá y los juguetes de mi hermana. Arriba había un cuarto pequeño, que era el mío, porque era quien menos cosas tenía. La habitación de mi hermana era mediana, y la de mis padres era más bien enorme.
Mi madre se fue a la tienda a comprar algo y ni siquiera me avisó. No me molesté. Ella ya hacía tiempo que se había rendido con respecto a mí y mis actitudes.
Yo también me había rendido, pero quería cambiar eso, aunque eso significara que tendría que cambiar.

No iba a hacerlo.

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